Writing
Sometimes I like to put on my writing hat.

Juan Carlos Farah
I wear multiple hats.
May 6, 2017 - 5 min read

Sol

Cuando no estoy contigo son los líquidos y la música lo que me hace tan feliz que me olvido de que no estás conmigo y que tal vez me quedaré así por un tiempo, tal vez para siempre, pero lo bueno de la música y los líquidos es que están ahí para llenar este agujero, a veces inmenso, a veces tan pequeño que ni lo siento, pero siempre pasa y siempre están la música y los líquidos. Puedo escribir con los ojos cerrados y así se me va el miedo de que ya me haya olvidado de tu cara de lo que se siente no fracasar a diario, es decir, fracasar en las pequeñas interacciones, como los agujeros que a veces no son tan malos, porque nos refrescan, que tengo contigo. Contigo Alicia, ¡no sé qué puedo hacer contigo!

Grabo nuestras conversaciones en mi cabeza y les pongo un bajo cuando escribo con los ojos cerrados y así me duelen menos, porque sin el bajo son tan claras tus palabras que les doy mil vueltas y mil intenciones que tal vez nunca pasaron por tu cabeza, pero es que la mía es tan sentimental, por eso me llena tanto la música aún cuando estoy sobrio, completamente y cuando trato de quitarme esa sobriedad con los líquidos, a veces en botellas, a veces en vasos, a veces en pequeñas cápsulas, siento que la música va cobrando otras dimensiones, ajenas al plano principal de tus palabras, que obviamente siempre están ahí. Pero es ese proceso en el cual lentamente me voy dando cuenta de cómo va cambiando la forma en que me llenan los sonidos lo que me enamora, me vuelve loco Alicia, como tú, Alicia, ¡cómo tú me vuelves loco!

Y el sabor de los líquidos, dulces a veces como las melodías electrónicas, mezclados con aguardientes picantes, que me queman la lengua pero es tan dulce ese dolor, como cuando me hieres con tus palabras y luego me endulzas con tus besos. Dios mío, que huevadas me haces escribir a veces Alicia, ¿no te das cuenta que estoy perdiendo hasta la profundidad de mis temas? ¿No te das cuenta que es de esto que yo vivo? Y si dejo de pensar voy a quedarme en el aire Alicia, hay una responsabilidad, hay una responsabilidad que yo dejé atrás cuando me enamoré de ti y ahora tú me tienes que hacer el favor, si no quieres verme rodeado de líquidos y música por siempre, porque a veces creo que eso es lo que tú quieres, librarme y que me dé cuenta de que es en los líquidos y en la música donde yo debo estar, pero si quieres entonces mejorarme, hacerme sentir más, muchísimo, que entre en tu frecuencia, tiene que haber una llave, un pistola, una bala, un cajón que yo abra y luego podamos dejar que se llene de las ondas, de las vibraciones alrededor de nosotros, un país de drogas, de amor, de sexo, de alucinaciones donde nos exprimimos y salen químicos, sudor, mugre, toda la mugre que siempre está rodeándonos en nuestras actividades diarias, que la música nos limpie Alicia, que la música nos libre Alicia, que la música te separe de mí por siempre, pero que nadando, como pequeños peces en círculos, nos encontremos y nos veamos y nos amemos y sintamos que es de verdad y no un cuento.

Entiendo tus emociones, entiendo tus preocupaciones, las entiendo en mí música, las entiendo en mis bebidas, las entiendo por las mañanas, pero de noche, cuando no te veo y tengo que hablar y bailar e interactuar, por las noches me haces falta. Ahí bebo más y escucho más canciones que hablan, que hablan demasiado Alicia y por eso me frustro. Yo sólo quiero tus palabras ardientes y tus besos delicados con mi música y eso sólo lo encuentro en las mañanas, si todavía no te has ido y tenemos tiempo para olvidarnos de que ya salió el sol.

—No todo—le digo a Eduardo—lo encontramos en el diálogo, pero de todas maneras lo necesitamos para darnos cuenta de aquello que trasciende la comunicación y es verdad que soy a veces hipócrita, o tal vez repetitivo con respecto a esto de la comunicación, pero es necesario—le digo a Eduardo y creo que a veces en su soledad me entiende. Fusión. Fusión de pensamientos.

No me gusta que ahora mis palabras van dirigidas a explicaciones en lugar de a contar lo que siento. Aun así, tienes que saber que yo estoy muy confundido con respecto a muchos aspectos de mi vida últimamente y ver las hojas de colores y escuchar tus palabras también confundidas y confusas, como versos medievales o conjugaciones argentinas, me dan el impulso natural a ser didáctico y como todo lo instintivo, hay que dejarlo pasar o reprimir. A mí me gusta la honestidad, Eduardo, y tú lo sabes.

Caminamos por el río, viendo como fluye el agua y notando alguno que otro velero pequeño que regresa al muelle, pero más que por ver, nos preocupamos por el análisis, las inferencias de todo lo que pasa por las mentes de esos navegantes que estoy seguro nos obvian, porque estamos parados, casi sin movernos y los navegantes, siempre impresionistas, no notan más que las manchas azules de nuestros sacos y el blanco, relativo siempre en este país, de nuestros rostros. Azul y blanco. Y así nos quedamos casi todo el otoño, fuera de lugar en una zona donde todo tiende a tornar colorido, triste, llamativo, como tal vez quisiéremos que nuestros pensamientos sean en el futuro, pero que por ahora, los intercambiamos, en ese diálogo que tú tanto quieres, entre humo. Entre mucho humo y ahí se quedan.

Te digo Eduardo—fíjate en los colores—que son los que nos dan el tiempo, porque la textura bien adentro también es un color y por algo tenemos sentidos, para darnos cuenta de que las cosas cambian. Sin embargo, también hay alternativas, más interactivas tal vez, que nos hacen más de este mundo. Por eso existen tantos navegantes, que prácticamente unos con su navío, dirigen sus vidas con el viento y la marea y la corriente que se imponen externamente. Impredecibles, naturales, pocos de nosotros, especialmente los que son más como Eduardo, queremos ser navegantes y tomamos las cosas más íntimamente. Íntima, Eduardo. Acuérdate de que existe también ella, íntima y paradójicamente necesaria. Es ella la que me quita la naturaleza y hace que note, pero notar nos quita el instinto y nos vuelve pensadores de diálogo. De ese diálogo del que te pido te olvides, para que así ella también sea mi naturaleza y no mi propósito. Así ella no dependa del tiempo, de colores, de atardeceres.

Nosotros somos los de las camas, los que hacemos todo en nuestras habitaciones y cuando caminamos queremos si bien no sentirnos de este mundo, sentir, sentirnos. Sentir que estamos sobre este mundo. Yo veo en las hojas mi existencia, el añoro de que con el movimiento de las pinceladas que nos dan las temporadas, mi cuarto sea más protagonista de mi vida y mi arte, producto directo de nuestras caminatas por la ciudad, y le dé color a algunos pensadores solitarios para que cuando pasen los navegantes, vean sus caras bien definidas, eternas, sobre un fondo donde las hojas sólo existen en blanco y negro. Ahí no existen explicaciones, ni retinas, ni comunicación.

—Fusión Eduardo. Como ella, fusión—.

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