Siempre, antes de dormir, Hugo piensa en Verónica y se pregunta por qué no le ha llamado, o más bien, respondido la llamada. Es una obsesión suya con una chica que no le ha hablado hace años, que desde el día en que le dijo—llámame cuando regreses—y él le llamó y esperó su llamada, no ha hecho nada más que arruinarle su salud mental, dejándole presa de un sentido de añoro eterno. Es que dormir solo es muy complicado cuando uno se está comenzando a acostumbrar a compartir el sueño. El hecho de no tener que levantarse y todos los días buscar a alguien y llorar y gritar y darse cuenta de que a uno no le quieren, o le quieren, pero hasta ahí no más, pues el hecho ése, de no poder sólo abrir los ojos y ver a Verónica ahí, le mata, le frustra, le consume. Esta noche, como todas, Hugo tiene su celular al lado de su cama, esperando la llamada o que la lucecita roja se prenda y sea un mensaje de texto y sea de ella, y ella le diga, ahí voy y venga y duerman y se despierte y no tenga que levantarse de la cama para encontrar por lo menos un indicio de amor.

Hace años que Hugo dejó de recibir llamadas del resto del mundo, de sus amigos, de su familia, de su trabajo. Todas las ignoraba. No las ha contestado porque a él no le importa más que esa única llamada pendiente de Verónica. Dejó de trabajar, de estudiar, de comer. Hugo, famélico, lleva años sin tomar agua ni comer siquiera un pan, porque es como si a él le hubiesen puesto en pausa, para reanudar después, como un plato de comida puesto en la última repisa del refrigerador, destinado a fermentarse, a perder su valor, su sabor, su gracia, su motivo de ser. Pero es todo porque Hugo piensa demasiado. Eso de calcular todas las posibilidades, las combinaciones, las permutaciones, los resultados y sus probabilidades. Hugo no duerme, se pasa el tiempo pensando en las millones de vidas que Verónica ha podido tener desde el momento en que envió su mensaje y no le contestó el celular. Y como un espectro se le aparece en palabras que oye a través de las paredes, que salen del piso, murmullos difíciles de descifrar, que se le meten en los oídos, le quitan la paz y hacen que no pueda llorar, porque llorar sería una cosa tan estúpida de hacer.

Llorar le haría recordar esos breves momentos que tan idealizados están en su mente, de esa vida que se imaginó en segundos, historias completas que mientras se bañaba hacían que se enamorase más. Hugo se enamoró de Verónica entre baños, cepilladas de dientes, caminos a clase y cervezas calientes. Hugo tuvo hijos, casas, carros, hizo viajes, eventos, una vida completa, todo con Verónica, toda entre cafés y capuchinos y cortados y comidas y libros que terminó mucho después de lo esperado porque entre las páginas, entre las palabras, venía otra movida, una que otra palabra que le susurraba la Verónica de su mente antes de dormir en su cama gigante, que era sólo para ella, para que no se vaya, para que pueda dormir desnuda, su desnudez tan blanca, tan lívida al costado de la inmadurez de Hugo, su nerviosismo, su inexperiencia que a ella tanto le gustaba. Verónica siempre le acariciaba en todos sus sueños, porque Hugo nunca paró de soñar después de ese mensaje.

Verónica le acarició la espalda y dejó que Hugo duerma encima de su brazo y cuando se levantó le preguntó—¿por qué estás vestido?—y era tan claro, tan honesto, tan divino que ella le pregunte eso, porque después de ese día Hugo nunca más durmió vestido esperando que así pueda imaginarse el cuerpo de Verónica, su blancura y la piel que rozaba con las sábanas y sus pies que jugueteaban. Sus uñas carcomidas por el estrés y las de ella color rosa, intactas.