Trata de comprender que nunca te librarás de lo que se mete como por osmosis en tu cabeza cuando vas a tus clases obligatorias, aquéllas que son tan famosas, llenas de idiotas como tú. Son conciertos en los que protagonizas tú y todos los idiotas. Todos respondiendo tonterías a preguntas eternas. Preguntas sobre la moral, la filosofía y sobre el mismo acto de preguntar, cuyas respuestas son todas subjetivas, contradictorias, escurridizas. Escucha y siente cómo esas palabras en inglés van aceitando tu cerebro, van moviendo esas neuronas tan agotadas de procesar información basura y entiende, comprende que así no vas a llegar a ningún lado, sentado tomando cafés con tus amigos intelectuales. Sentado repitiendo las mismas citas de extremistas pop y esperando que te crezca la barba para parecer más interesante y que tal vez la flaca que toma vino, que estudia arte, esa flaca elocuente que se pone collares griegos, que ella tal vez se siente contigo un día a tomar un té o un café o un jugo de maracuyá y te escuche y te quiera seguir escuchando tal vez para darte un beso o desvestirse en tu cama o pasar una noche contigo en una playa del Mediterráneo y darte esa eternidad que tanto quieres… que tanto te preocupas con experimentar. Escucha, que mientras se te acaban los minutos te darás cuenta de por qué escoges levantarte cada mañana. No comas mucho, piensa y escucha. Ya te tocará hablar y besar y ser eterno y entender que nunca te librarás de ese ripio que va quedando en tu cerebro cada vez que te sientas con tu cuaderno a dibujar mujeres surrealistas mientras tus profesores monolíticos responden con respuestas por responder a aquellas preguntas por preguntar de los idiotas. Idiotas que te dejan con el cambio de su idiotez no porque quieran, sino por gusto.