Ella se toca el labio con algún dedo de la mano izquierda y lentamente lo delinea, mostrándome sin querer su forma exacta. Continúa muy suavemente, dejando un ligero brillo al pasar, hasta que dejo de pensar en lo que los demás están hablando… literatura árabe o alguna religión. Hoy ella está muy callada y me encanta. Sonríe ligeramente y baja la mirada. Unos ojos perfectamente bordados con una sombra tan negra como su pelo, desordenado, natural, que cubre o más bien va a la par con dos aretes redondos, grandes. Dos medias lunas que se tocan en la punta, bajo las estrellas de las cadenas que cuelgan de sus orejas, simétricas, a una distancia perfecta de su nariz, como un dulce.

Lo que más me gusta de su cara es ese lunar, en la punta del dulce. ¡Cómo me gustaría besarle! Besar su nariz. Ese lunar. Me molesta no mirarle a los ojos. Tener que dejar su imagen borrosa en un plano diferido, llamándome tanto, sin que me haya dado nada más que una sonrisa. Una pequeña pista de lo que se siente despertar a su lado y yo, tan enamorado de otra, de otras, le comienzo a amar a ella también. A su imagen, a sus ojos, que cuando se pone nerviosa parpadean tanto, reprimiendo así sus ganas de mirarme. Protegiéndose de mi mirada que le mata, a ella, a su religión, a nuestra literatura, a docenas de lunares en otras narices que nunca le llegarán a los tobillos a éste. Y en mi trance me arrodillo y me pongo a rezar para que algún día en mi altar haya algún lunar tan perfecto que pueda yo también venerar.