Creo que Guillermo se está aburriendo un poco de nuestras conversaciones y en verdad no le culpo. Francamente se están volviendo monótonas. Son repetitivas y son demasiado predecibles. Aun así, también creo que esto muestra un poco la evolución natural de una relación y cómo todo tiende hacia la costumbre. Ahí es donde nos encontramos más tranquilos, sin tener que pensar mucho, sin tener que hacer mucho análisis antes de decir o hacer algo y sin tener que jugar ajedrez. Ajedrez a la ciega.

Con Guillermo, desde que comenzamos a jugar fútbol, pero más claramente desde que comenzamos a salir a comer después del fútbol, yo siempre improvisé mis jugadas. A veces le agarraba fuera de foco.—¿Alguna vez has querido matar a alguien?—le preguntaba. De eso, pues uno esperaría alguna discusión estúpida sobre la moral y Kant y Aristóteles, pero Guillermo sabía exactamente a qué me refería y me respondía, de vez en cuando—pues eso es lo que me hace libre, ¿no?—. O sino, para hacerme sonreír, aunque yo a veces me ponía triste o sonrojaba, Guillermo se ponía a cantar en italiano y muy fuera de tono.

Eso, exactamente el hecho de estar fuera de tono, era lo que nos mantenía unidos. Guillermo no entiende por qué debemos esperar algo, por qué existen probabilidades, verdades, lo correcto. Es tan estúpido pensar en eso, porque Guillermo, por el sólo hecho de ser anarquista, sabe que el anarquismo no puede existir sin reglas, legislación, sociedades e idiotas que vivan en ellas.—Pero eso a mí qué me importa—me dijo varias veces. Sabía que él, como pocos, era afortunado. Podía rechazar todas esas obligaciones—¡tan arbitrarias carajo!—y dedicarse a pensar, a darle a su mente la libertad de comportarse como le dé la gana. Como anarquista, como fuera, como quisiera. Y lógicamente diferente frente a los otros. Los idiotas.

Ojo que aunque quiero que Guillermo me entienda, que me escuche, sé que lo más importante para él es la naturalidad. Pero yo no llego a entender cómo dejar la lógica. No entiendo cómo obviar el hecho de que lo irracional puede racionalizarse con ciertos conceptos básicos de matemática pura. Con axiomas y algunas variables y ecuaciones y aquellos algoritmos más antiguos que la historia misma. Ésos que nos dan la música, el amor, el sentimiento, la verdad y la mentira. Entiendo. Ahora entiendo. Ahora te entiendo Guillermo.

Nos conocimos cuando yo no estaba verdaderamente acá, en el extremo lógico del espacio-tiempo. Hoy en día nos automatiza. Nos hace hombres de negocios, académicos, abogados, ciudadanos, filósofos. Yo te conocí cuando ya no quería automatizarme y ganar, sino perder. Perder el tiempo entendiendo estos procesos y rechazándolos, uno por uno. Haciendo que mis formulaciones me pongan en ridículo y así me permitan dejarlas sin que me duela mucho. Estuve tanto tiempo en mi mente cuando te conocí que se me hizo fácil entenderte, abrazarte a ti y a tus ideas, y entrar en tu vida.

Ahora nos comenzamos a aburrir Guillermo y yo porque mi mente se está apagando. Ya no quiero pensar, pero paradójicamente vuelvo al ajedrez, complicadísimo. Calculo todo el día y hasta he dejado de leer. Es que es eso lo que mata tu sentido de falta de lógica, Guillermo. El hecho de que ahora, ahora que te conozco, ahora mismo no puedo ver cómo dejar nuestra relación a la improvisación la haría mejor, le daría profundidad, futuro. Porque eso me mata a mí, Guillermo. Quiero futuro. Después de minutos, horas, días, años de monotonía tendría o que dejarte o jugar ajedrez. Siquiera hacer un par de movidas, pero de ahí pienso «¿te darías cuenta?» y ¿ves? Ya estoy jugando ajedrez. Si continúo escribiendo así me tendrías que dejar, me odiarías y yo te dejaría. Por eso, por un par de días, me pondré a leer, a ver si me pierdo un poco y dejo que se llenen los silencios con tos y cigarrillos.