Sentado al lado de su ventana, Jesús escucha la música que uno de sus amigos ha puesto mientras estudia. Es una pieza clásica, de Débussy, cree que Claire de Lune, pero no está muy seguro y no quiere pronunciarlo en su francés oxidado, en frente de los intelectuales que lo rodean. Esos intelectuales, que como pequeños globos rosaditos, flotan por todo el cuarto, le asustan, hacen que a veces en la noche se ponga a llorar, porque hay tantos de ellos y ninguno, como él, desde su ventana, contempla el suicidio.

—Es muy fácil—se dice mientras fuma.—Cuando uno ve claramente a la muerte, es aún más bella la vida—y por eso todos los días, desde su cómoda silla de pino oregón, hecha hace más de cien años, Jesús mira hacia abajo y se ve muerto, con la gente alrededor de él llorando, riendo, sintiendo todas esas emociones a las que sucumbió tan tempranamente.—No seas idiota—se dice a sí mismo—nadie se acercaría de miedo—.

Pero esta noche sus pensamientos suicidas no son protagonistas y lentamente divaga junto con su café y su cigarrillo y su hambre. Es así como se siente no tener rumbo alguno. Dejar el estudio, el trabajo, las esperanzas, las responsabilidades e indirectamente la posibilidad cualquiera de atraer a una mujer. «Los besos» piensa, «no son más que besos cuando no se sienten» y desespera por pensar tantas cojudeces y empieza de nuevo. A pensar. «Sí, estamos en época de pensar». Y así comenzamos una de las múltiples noches en que Jesús se siente profeta y entre su mesa de ajedrez y sus papeles sucios y sus cuadernos del año pasado escribe notas, para mí, para nosotros los intelectuales. Jesús quiere que no nos olvidemos de nuestro estado de globito rojo, rosado, hermoso, perfectamente redondo y a su vez tan cuadrado como las vidas que intentamos no llevar, pero a las cuales estamos completamente condenados, como adverbios a ser inútiles sin el verbo, sin el adjetivo, palabras de segunda mano, usadas, retorcidas por las mentes y las plumas y los teclados y las lenguas más grotescamente aburridas, vanidosas, egocéntricas, que creen que porque violan una, dos, tres, todas las reglas, son anarquistas.

—¡Yo soy anarquista!—grita Jesús sin que sus compañeros escuchen. Y luego lo piensa, porque Jesús no quiere que los demás piensen que no es un intelectual. Jesús quiere contarles de sus vicios, de sus mujeres, de sus obsesiones pervertidas y de lo que ve por las noches, por las madrugadas, cuando todo lo malo se hace en privado.

—No te olvides de abrir la ventana cuando fumas—le dice su amigo de la música y Jesús sonríe, como diciendo—vete a la mierda—pero en verdad pensándolo, o tal vez lo dijo, pero sin pensarlo, qué mierda, a mí también me está llegando esto de abrir las ventanas. Hace tanto frío. ¡Hace tanto frío! Hace tanto frío y por eso ella se fue, por el frío que hacía y se burló cuando pedí algo helado, porque de costumbre cuando tomamos en el frío tomamos algo caliente, o por lo menos tibio. Pero yo quería mi café helado, como siempre, como las mañanas.

Tal vez porque así me lo enseñó Jesús, a que las cosas están tan siempre reguladas como si el ser humano fuese uno y no todos metidos en uno, como tanta gente alemana del siglo diecinueve y desde antes otros globos rosaditos han filosofado. Yo dejo que me invadan, los llamo, les digo a todo el mundo que los veo, que me estoy volviendo loco, que como Jesús, con sus cigarrillos y su barba y su casaca de piel para no tener frío cuando abre la ventana para no fastidiar a su amigo de la música que no quiere que el cuarto huela a humo y no se da cuenta de que con todo su Débussy, que con toda su música el cuarto está lleno de vibraciones, de humo denso, impresionista, lleno de esos globos rosados, rosaditos como el amor cursi. Esos globos rosados que como Jesús me alucino y comienzo a delirar, pensando que por qué mierda también estoy flotando yo en el aire cuando quiero estar ahí abajo y mi locura me regresa al suelo. Mi locura me hace así, como Jesús.

Suenan las fichas de póquer cuando desvanece Débussy y los intelectuales se vuelven estadistas, matemáticos, banqueros, pero intelectuales aún. Sigue Jesús fumando el último cigarrillo que quedaba en la cajetilla. «Lo bueno de estar en el suelo cuando uno no está loco es que puede pensar sin que le escuchen. Sin que le jodan». Pero no se da cuenta de que es a mí a quien me está matando, de que es a mí a quién está condenando a nunca ser lo que todos los intelectuales quieren ser.

—¿Quién eres tú para jurarte superior? ¿Para bajar aquí? ¿Para sentarte conmigo?—me dice entre dientes mientras se pone a tocar el piano. Yo le digo que—sólo siendo Dios, como tú, me libro de mi pensamiento. Y uno sólo es Dios con la locura. Dándose cuenta de que Dios está ahí adentro de mi cabeza, de la tuya, no en el cielo, no allá arriba, ni acá abajo—. Se ve bonito cuando escribo eso, porque en verdad sí lo dije y él me escuchó. Y mientras nos sentamos a tomar un café helado y hablar de mujeres, Jesús, con su cigarrillo, va reventando a los globitos rosados que se elevaban lentamente hacia el azul y despejado cielo, interrumpiendo su viaje celestial y dejándolos caer al piso, deformes, arrugados, inermes, para que vivan semividas casi eternas bajo las suelas carcomidas de estudiantes de ingeniería.