Voy al río a tocar guitarra y siento que mi corazón va a explotar. Así, mientras vibran las cuerdas se va entonando un pulso triste que acelera la sangre y contrae mis músculos y me deja en un estado anímico medio suicida y me confunde, me frustra. Canto. Canto mal. Mi voz no me da, pero mi imaginación la empuja. Es eso. Es la imaginación lo que me lleva al río a tocar guitarra. Es que cuando uno está solo puede meterse en otro mundo más fácilmente. Me imagino tal vez un grupo de personas escuchándome… no mi voz sino lo que digo. ¿De qué le sirve una buena voz a quien no sabe cantar? ¿De qué le sirve un buen canto a quien no sabe pensar? Porque no son los números lo que te hacen eterno. Tal vez es porque quieren ser famosos. No sé la verdad. No me contento tocando Bach sin dejar que Bach llegue verdaderamente a mi pensamiento. Es por eso tal vez que siento que mi corazón va a explotar. Vibro con lo que toco o lo que me toca más bien. Quiero gritarle a los edificios que me tienen toda la noche pensando. Quiero gritarles a esas personas y decirles que las quiero. ¿Por qué no vienen? ¿Será que escuchan las lindas voces de las niñas que duermen en sus sueños? No me dejen por favor. En verdad necesito hablar… que me escuchen. Pero cuando canto sueno ronco y hasta me olvido la letra de lo que escribo. Es que en verdad no quiero que me escuchen, creo. Mejor sería eso, que no quiera, porque así no me sentiría como cuando dejo la guitarra en el suelo de mi cuarto, sobre la alfombra nueva. No quiero que lo único que me haga sonreír sea tu cara en el espejo de mi ojos, sino que en mis ojos entiendas lo que quiero cantar, si bien no lo cante. En el río me gusta porque hace frío y hasta a veces creo que me voy a congelar. Toda esa tensión que creo, que me sube la presión arterial y hace que se me caiga el pelo, toda esa tensión parece quedarse en un momento histórico, en un plano finito del tiempo-espacio que me encuaderna. Y así comienzo a cantarle al aire, a dejar mi voz en sondas que desafían a la gravedad y a los oídos de los que quisiera que me escuchen. Es que a veces en el río me escucho a mí mismo y me doy cuenta de por qué no la tuve que pensar mucho antes de saltar al agua. Pero es el frío que tuve después lo que me ayuda a seguir mirando las luces de los edificios y por ahí una que otra ave migratoria que huye hacia el clima cálido y mueve la cabeza como diciéndome que me vaya a dormir.