Encontrar a alguien es casi siempre algo muy difícil de explicar. Mientras te vas abriendo el alma y volviendo vulnerable, mientras vas dejando que más cosas te afecten, mientras más posesivo te vuelves, más dejas de conocer o más bien, querer conocer a ese alguien y todo se vuelve una odisea mental de platonicidad amorosa.

Por eso dejé de masturbarme. Me era imposible hacerlo sin pensar en ti y no podía vivir con la idea de que lentamente, o más bien, demasiado rápido, estaba dejando que mi mano derecha tome metafóricamente la forma, el significado, el propósito, para mí, de tu anatomía. Ducharme, por primera vez en años, se volvió completamente rutinario. Ya no me interesaba, como por muchos años me interesó, el llevar una que otra imagen mental a la ducha. Pensaba en ti, pero no en que estarías en mi mente, sino en que te iba a ver. Estarías ahí, no como eres, volviéndome vulnerable, sino sólo para mí. Parte de mí.

Cuando me entraba la flojera y me dejaba de bañar por unos días, te extrañaba más que cuando te dejaba de ver en clase, en el café, en el gimnasio. ¿Sería más bien la costumbre o una obsesión? Es que no quiero entrometerme tan rápido en tu vida, que veo va muy bien, y así arruinar la posibilidad de fusionar las nuestras. Quiero que ocurra naturalmente. No simplemente porque sí, para que pase, sino porque quiero que dure, como duran a veces nuestros encuentros en la ducha cuando sólo eres parte de mí y nada más. Y con eso era, soy, fui, más que feliz.

Eso me molesta. El hecho de que tuve que pensar. Porque si hubiese sido por mí, todo hubiese pasado, pasará, naturalmente. Destino, Dios, ángeles de la guardia, energía, lo que sea. Cíclico, porque sino fue, tal vez será o habrá sido. Serías la que eres en mi mente, siempre atenta y tan real y tan perfecta, infinita. Pero a la misma vez existe el momento y hay que gozarlo y dicho sea de paso, es tarde, tengo que ir a clase, el café, el gimnasio y aún no me he duchado.