Escribir en negro hace casi siempre que me sienta seguro, como si tuviese algo que esconder. Cuando mi madre me compró un cuaderno negro, decidí esconder en él mis más íntimos secretos, con la esperanza de que algún día accidentalmente lo olvidase en el colegio y ella lo encuentre, lo lea y averigüe quién soy. A cada línea que transportaba casi mecánicamente del pensamiento hacia el papel sombrío le acompañaba una, dos, a veces hasta tres llamas cenicientas que marcaban lo imposible de escribir sobre ese texto ilegible. Y así pasaron los días y los meses y los años y ella nunca soñó jamás voltear esa página, ver la tinta nocturna arraigada sobre una niebla obscurecida contra natura. Pasaron ésa y muchas noches antes de que yo mismo decidiera prender una luz menos dolorosa sobre lo que había escrito, sobre lo que había querido decir, nunca había dicho y ya no pensaba. Así apagué esas llamas y dejé que lo ininteligible quedase impreso sobre mi propia piel vuelta algodón vuelto vehículo vuelto ímpetu vuelto desastre. Y así murieron las escondidas que jugaban dentro de mí mis ideas y estas últimas palabras salieron a la luz.