Fernando decidió no hacer su servicio militar porque quería estudiar y aprender rápidamente las técnicas que luego usaría para ganar dinero. No le molestó nada que sus amigos le consideren un maricón, un rosquete poco patriota y en sus clases, no pasó mucho tiempo antes de que se olvide de ellos. Le encantaba estar rodeado de mujeres que hablaban con sus voces suaves de la guerra, defendiendo las causas pacíficas que se pierden tan fácilmente en las escuelas militares. Mujeres que cuando se sentaban junto a él se ponían un poco nerviosas porque era y bueno, sigue siendo, una época de más mujeres que hombres en las clases bohemias, alternativas, llenas de letras y palabras y cosas poco lógicas.

Poco a poco Fernando se perdió en estas clases y comenzó a pensar más en las técnicas que en las discusiones. Se ponía a dibujar, a diseñar ropa que se imaginaba puesta en las mujeres que lo rodeaban, pero especialmente en las mujeres, adolescentes, niñas para algunos, con las que dormía, soñaba, que usaba de inspiración para sus ideas irónicas, controversiales, como él, como su homosexualidad reprimida que le daba ese toque de picardía que reflejaba en sus diseños, que transfería a través de sus besos, que se impregnaba en las almohadas y le daba un sabor único a los cafés que tomaba con ellas siempre la mañana siguiente.

—Todo está en la mirada, que tiene que tener buen ritmo y no perderse jamás—les explica a sus compañeros de cuarto casi constantemente. Porque alguien como Fernando no puede vivir solo, se perdería en sus dibujos, en la visualidad que guía su vida y por eso a veces sus compañeros le salvan de que se consuma, se use en alguna de sus piezas de ediciones limitadas, en el intento de dejarse por completo en su obra. Nunca deja que le interrumpan, ni siquiera el pensamiento. Se mete en unos lugares totalmente aislados de la realidad y crea e innova y se pierde. Es ahí donde encuentra todas esas ideas ilógicas con las cuales—todos estos humanos tan de fondo, tan de adorno—no pueden lidiar.

Ver a Fernando en un círculo social es sin duda una de las cosas más divertidas que hago últimamente. Es como soltar a un circo dentro de una clase de matemáticas. Resalta, brilla, entretiene, se lleva los besos, las risas, las mete en su bolsillo y aún ahí continúan burlándose, de él, de cuán fuera de lugar está, porque en esos círculos sociales todos son de fondo. Son mujeres de fondo, lila claro, con sus enamorados de fondo, crema, horribles, feos, simples, los odia, los odio yo también, pero no me puedo escapar, no me puedo dar cuenta de qué salida usar. Yo me convierto en el fondo y Fernando escapa, con las risas, con mi risa, ¡se lleva mi risa! Y soy blanco, medio cremoso, ahí junto con los banqueros, con los enamorados banqueros y no quiero estar acá, ¡Fernando!

¡Fernando! Ven con tu risa y tus diseños y tu homosexualidad y no me dejes convertirme en parte de la pared. Yo quiero estar ahí, junto a la mesa, con las flores, rodeado de flores, rojas, brillantes, sucias, diferentes. No, quiero tener un comienzo, una raíz y caer como los pétalos al final, cuando todo va decayendo y no ser este banquero que tú tanto odias. ¡Tú me odias tanto Fernando! Me da vergüenza, pero como siempre tú te das cuenta de las cosas tan delicadas. Son los besos que tengo tan reprimidos lo que no me deja salir del fondo, lo que me tiene pegado al suelo, a la pared, me encadena y si pudiera simplemente soltar uno y luego nos tomamos un café, tal vez así mis enamoradas no serían de lila claro, de fondo.