Eduardo se preocupa demasiado por la dialéctica y se dedica casi enteramente a cuestionar, porque aún no se atreve a definir, su propósito. Yo hace algunos minutos, antes de verlo entrar por mi puerta y salir apresuradamente por la salida de emergencia, me di cuenta de que en lugar de propósito deberíamos tener tiempo, porque sólo en el tiempo es que Eduardo se pierde. En sus pausas, en sus largas caminatas de solitario, buscando aire y espacio donde no son muy comunes. Me di cuenta de esto mirando las hojas cambiar de color, mirando el cielo cambiar de color, o perderlo, porque es en el color que vemos el tiempo y notamos su pasar.

—No todo—le digo a Eduardo—lo encontramos en el diálogo, pero de todas maneras lo necesitamos para darnos cuenta de aquello que trasciende la comunicación y es verdad que soy a veces hipócrita, o tal vez repetitivo con respecto a esto de la comunicación, pero es necesario—le digo a Eduardo y creo que a veces en su soledad me entiende. Fusión. Fusión de pensamientos.

No me gusta que ahora mis palabras van dirigidas a explicaciones en lugar de a contar lo que siento. Aun así, tienes que saber que yo estoy muy confundido con respecto a muchos aspectos de mi vida últimamente y ver las hojas de colores y escuchar tus palabras también confundidas y confusas, como versos medievales o conjugaciones argentinas, me dan el impulso natural a ser didáctico y como todo lo instintivo, hay que dejarlo pasar o reprimir. A mí me gusta la honestidad, Eduardo, y tú lo sabes.

Caminamos por el río, viendo como fluye el agua y notando alguno que otro velero pequeño que regresa al muelle, pero más que por ver, nos preocupamos por el análisis, las inferencias de todo lo que pasa por las mentes de esos navegantes que estoy seguro nos obvian, porque estamos parados, casi sin movernos y los navegantes, siempre impresionistas, no notan más que las manchas azules de nuestros sacos y el blanco, relativo siempre en este país, de nuestros rostros. Azul y blanco. Y así nos quedamos casi todo el otoño, fuera de lugar en una zona donde todo tiende a tornar colorido, triste, llamativo, como tal vez quisiéremos que nuestros pensamientos sean en el futuro, pero que por ahora, los intercambiamos, en ese diálogo que tú tanto quieres, entre humo. Entre mucho humo y ahí se quedan.

Te digo Eduardo—fíjate en los colores—que son los que nos dan el tiempo, porque la textura bien adentro también es un color y por algo tenemos sentidos, para darnos cuenta de que las cosas cambian. Sin embargo, también hay alternativas, más interactivas tal vez, que nos hacen más de este mundo. Por eso existen tantos navegantes, que prácticamente unos con su navío, dirigen sus vidas con el viento y la marea y la corriente que se imponen externamente. Impredecibles, naturales, pocos de nosotros, especialmente los que son más como Eduardo, queremos ser navegantes y tomamos las cosas más íntimamente. Íntima, Eduardo. Acuérdate de que existe también ella, íntima y paradójicamente necesaria. Es ella la que me quita la naturaleza y hace que note, pero notar nos quita el instinto y nos vuelve pensadores de diálogo. De ese diálogo del que te pido te olvides, para que así ella también sea mi naturaleza y no mi propósito. Así ella no dependa del tiempo, de colores, de atardeceres.

Nosotros somos los de las camas, los que hacemos todo en nuestras habitaciones y cuando caminamos queremos si bien no sentirnos de este mundo, sentir, sentirnos. Sentir que estamos sobre este mundo. Yo veo en las hojas mi existencia, el añoro de que con el movimiento de las pinceladas que nos dan las temporadas, mi cuarto sea más protagonista de mi vida y mi arte, producto directo de nuestras caminatas por la ciudad, y le dé color a algunos pensadores solitarios para que cuando pasen los navegantes, vean sus caras bien definidas, eternas, sobre un fondo donde las hojas sólo existen en blanco y negro. Ahí no existen explicaciones, ni retinas, ni comunicación.

—Fusión Eduardo. Como ella, fusión—.