Francisco todo el día piensa en arte. En cómo crear arte. A veces se sienta con un cuaderno que en su infancia usaba para clases de francés y comienza a escribir versos o una prosa corta, más que nada para desfogarse. Francisco cree que es una sopa. Una sopa de emociones que están tan mezcladas que le resulta muy difícil poder distinguir una de otra y eso le confunde. Su felicidad, escribe, está constantemente manchada por una ligera capa de estrés, de ansiedad, de frustración y tristeza. Cosas así le cuenta a sus amigos a veces, cuando se sientan a fumar un cigarrillo en el parque. Y casi siempre están de acuerdo con lo que dice, pero eso no es lo que quiere Francisco. Necesita debatir, necesita convencer a la gente de que lo que él está haciendo es nuevo, diferente. Que sus versos y párrafos cambiarán las vidas de los jóvenes, de la gente que hoy está creciendo intelectualmente y que de esa manera, se convertirá en un artista. Que de esa manera, en un artista famoso se convertirá.

Otros días más húmedos, Francisco saca su guitarra o se sienta en el teclado y comienza a arreglar las simplísimas notas del canon en re de Pachelbel y como todas las bandas de pop-rock que creció viendo en MTV, combina cuatro quintas y comienza a cantar lo primero que se le viene a la cabeza. Sus canciones son más interesantes. Casi siempre tratan de algún tema adolescente, aunque la adolescencia ya la habría de haber dejado hace mucho tiempo, y en una que otra línea, Francisco intenta enviar un mensaje político, humanitario, una que otra imagen de la pobreza y las tragedias que nunca vivió.

A mucha gente le gusta las canciones de Francisco, especialmente cuando juega con líneas a dos voces y experimenta con metros irregulares. Sin vergüenza, hasta yo a veces saco mi guitarra y tarareo una que otra melodía. Por eso es que Francisco compone música, escribe su propia letra y canta con su propia voz tan áspera. Antes de dormir siente que alguien, tal vez un chico o una chica de trece o quince años, está tarareando algún coro pegajoso que escribió primero en un recibo y luego en su cuaderno, y que ese alguien no piense en Francisco, sino en la felicidad o tristeza que se va mezclando con todas las otras emociones que hierven en su cabeza y así se ponga a llorar, o sonría, o abrace a algún amigo o amiga, enamorado o enamorada, y haga que Francisco, a sus días tan largos, los llene un poco más con sonrisas.

Pero la verdadera pregunta que se hace Francisco y por eso yo no lo aguanto y quiero que desaparezca de mi vida y se vaya vivir a otra universidad, que se regrese a su país o que se enamore de alguna chica que viva muy muy lejos y o se vaya a vivir con ella o se encierre todo el día en su cuarto y no salga ni para comer, es cómo vender arte. Cómo vender arte a esos idiotas que tienen el ego en el cielo y millones, billones para desperdiciar en arte. En el arte de Francisco se pierde la naturaleza, se pierden sus sueños y sus emociones y sus amores y así, como cuando bailas en la noche en una discoteca y quien en verdad eres se pierde, dejas al Francisco que tienes en tu mente y creas una obra de arte más. Una excusa más para gastar dinero. Una excusa más para ganar dinero. Un desperdicio.

En mi arte yo no quiero eso. Yo no quiero que me influya la necesidad de vender mi arte en el proceso de creación, de inspiración, de apreciación. Arte, verdadero amor por el arte. Eso es lo que quiero que la gente vea, lea, escuche en mis creaciones, para no tener que sentir algo fuera de lo que me inspira a ser artista, a criticar, primero a mí mismo y luego a lo que me rodea y luego a lo que me llega de lejos, lo que tal vez nunca me toque, o de lo que tal vez me estoy escondiendo.

De ti Francisco. De ti me estoy escondiendo. Cuando nos sentamos a hablar y yo toco tus canciones y leo tus poemas y me pierdo en tus cuentos, no quiero sentir que estás sentado en tu cama antes de dormir pensando en que yo te hago sonreír. Todas esas sonrisas que hacen que tu día se sienta más corto y con las cuales conquistas a las mujeres más superficiales. Todas esas sonrisas que tengo grabadas en las partes más conscientes de mi mente. Todas esas sonrisas que compras con tu arte, en la mía, en mis canciones, en mis cuentos, se pierden como tus emociones y no las puedo separar nunca, nunca, del sufrimiento que me causa ser tu amigo. Sólo mientras escribo finalmente lo que pienso de ti, mientras te digo cara a cara que ya me he hartado, mientras termino de madurar y salgo finalmente de mi agitada adolescencia, sólo ahora comienzo a perderme como persona y establecerme como artista. Y hasta que decida dejar el pincel, no quiero que salgas de tu cuarto y me incites a sonreír de nuevo. A necesitar arte.