Espero que nuestros abuelos maternos, que supongo son los ángeles de la guardia de ambos, estén sentándose todos los martes y jueves en el mundo de los ángeles de la guardia para tomar café, comer algún postre y pues, que estén sonriendo porque el destino, o ellos, o nosotros mismos, nos ha, han, hemos llevado al mismo lecho, siquiera por ahora. Es un tiempo difícil. Complicado por la distancia, tanto geográfica como de pensamiento, de costumbres, de deseos. Tú no quieres darte al mundo. Yo sí me quiero dar, pero todavía no puedo. Y siento que tú no quieres esperar a que estemos en la misma frecuencia. Nuestros abuelos estarán impacientes porque querrán ver resultados. Yo sé que tu abuelo era de los que quería resultados ya. Tú no sabes que mi abuelo era igual.

Me imagino que tu abuelo no habla español, pero yo sé que el mío habla un poco, siquiera, de inglés. Fue él quien me enseño primero a hablar inglés, antes de que entre al colegio. Cuando tenía tres años, según lo que me cuentan, nos sentábamos en la mesa del comedor de mi casa y yo repetía lo que decía mi abuelo. Le decía—papapa—aunque no tengo ningún recuerdo de haberle llamado así. No tengo ningún recuerdo auditivo de esa época. Fíjate, yo hablo inglés la misma cantidad de años que tú hablas inglés. Y hasta a veces te quejas de que no me puedo comunicar bien, te matas de risa, pero yo sé que te gusta. Por ahí algo te debe gustar de mi acento.

Pero así es que supongo que será en una mezcla de inglés con gestos que se están comunicando. Hablarán algo de política, algo de actualidad, porque estoy seguro de que ambos se mantienen al tanto de lo que está pasando en el mundo. En el mundo, pues, pasan tantas cosas y los ángeles de la guardia deben estar siempre pensando en cuando intervenir y cuando no. Tú sabes que mi abuelo le debe estar enseñando sobre el Perú al tuyo. ¡Qué pena que nunca pudo visitar! Bueno, como tú, andaba siempre muy ocupado tu abuelo y el mío también. Mi madre me cuenta que mi abuelo viajaba mucho, tenía varios trabajos y le veía poco, porque no se llevaba muy bien con mi padre. ¿Tu abuelo? Pues a tu abuelo le tendría que preguntar tantas cosas. Debe andar todo el día contando sus anécdotas e historias a los demás ángeles de la guardia. A mi abuelo le encantaban las historias. Eso me dijo mi abuela. ¡Tan triste mi abuela está últimamente!

Y bueno, espero, o más bien asumo, que hablarán de nosotros también. Total, eso debe ser lo que les juntó al principio, al menos que nosotros seamos el producto de una amistad que ya lleva varios años establecida en el mundo de los ángeles de la guardia. La verdad es que el sólo pensar de que algunas de mis decisiones están siendo guiadas o mediadas por mi abuelo me preocupa un poco y a la vez me hace sentir tranquilo. Tranquilo porque sé que él debe estar haciendo un muy buen trabajo, eso lo veo. Lo vivo. Pero preocupado porque me quita la libertad del libre albedrío que desde las épocas de Segismundo he estado tratando de plantar en mi vida. ¡Qué va! Eso es de muy poca importancia. Más que nada porque el mundo real en el que nosotros vivimos mi pasión y tu indiferencia a veces, mi frustración y tu decepción a veces, mi estrés y tus deseos otras, es éste. Y no me voy a poner a pensar demasiado, porque dejo de vivir acá. Mi mente no es un mundo tan agradable que digamos y eso lo sé yo y lo sabe mi abuelo y lo sabe el tuyo también. Ellos, nuestros abuelos, fueron gente de mundo. Nosotros, por ahora, somos de mente. Siempre de mente eres tú. Y yo no me quedo atrás, pero trato de salirme de acá. Me asusta a veces. Me complica la vida. Demasiado.

Nuestros ángeles viven algo más tranquilos en su mundo, supongo. A menos que estén siguiendo el nuestro muy de cerca y comiencen a tomar bandos durante nuestras primeras discusiones.