Claudio se levanta por las tardes, no toma desayuno y se siente infeliz. ¿No será por eso que le dio una úlcera? Según su ego dinástico fue más bien por la comida en exceso y por la alegría de más que se le subió a la cabeza. No entiendo a veces por qué fuma. Sé que no es por vicio sino por aburrimiento, por una desilusión total con la falta de anarquía en nuestra sociedad. Y a veces cuando nos sentamos a comer pizzas frías y a tomar vodka barato de botella de plástico me cuenta todas estas historias, todas estas malacrianzas que me ponen de mal humor y él se pone de mal humor cuando no le entiendo, cuando no le doy la contra y me dejo poner en ridículo porque supuestamente tiene algo mucho más importante, mucho más trascendente que decir que el resto de las personas de su edad. ¿Quién eres tú Claudio? No pienses que tus atuendos oscuros y tus camisas rotas te hacen diferente. La diferencia si a caso no te viene de adentro, según dicen las revistas, no es diferencia alguna… es graciosa tal vez, es atractiva, pero te jodes porque nadie se come tu cuento. Tal vez es por eso, por la falta de tranquilidad que eres tan racista, tan hipócrita… ¡eres un hipócrita Claudio! ¡Mándalos a la mierda! ¡Mándame a la mierda! ¿Puedes acaso? ¿Puedes acaso decir siquiera un poco de lo que piensas? Porque hasta cuando escribes las palabras se van perdiendo cuando tus manos filtran eso que tanto quieres gritar que tanto tiempo has tenido en los bordes de tus dientes, limándolo, esculpiéndolo bien para que tres idiotas crean que eres más interesante, más inteligente tal vez, o más gracioso que el resto del mundo. Eres un hipócrita Claudio. No me matarías ni aunque pudieres mañana. Crípticos tus mensajes, tus capuchas, tus lentes oscuros. Sutiles tus cuentos, tus palabras, tus conversaciones, tus deseos… ¿no crees? Que cuando te vea caminando Claudio no te voy a hablar y vas a ver cómo te va a doler. Así. No te voy a dejar salir porque ya no me haces daño ni me haces bien. Eres como esos estúpidos acentos diacríticos en idiomas muertos que absorben tus sentimientos. Como los mensajes de texto, tus comunicaciones subyugadas a unas tres líneas por hora quedarán muertas, entre las plantas que compraste el mes pasado y te olvidaste de regar. Entre las calculadoras viejas que tu padre te regalo cuando entraste al colegio. ¿Qué? ¿No entiendes Claudio? Tú no estás acá para ayudarme a vivir. Vete. Muérete. Ahógate en alguna tina o regala tu libertad al asesinato más intempestivo que se te pueda ocurrir. Así yo te iré matando poco a poco. Así tus ojos se cerrarán y quedaremos por fin separados. Tú con la melodía y yo con la progresión de acordes. Mientras que me quedo dormido vendrás y me sacarás las cuerdas vocales y te suicidarás porque cuando escribo con acentos, todas tus hipocresías se pierden entre la semántica de mi pensamiento. Y yo siempre escribo con acentos mi amor, así que acostúmbrate.